lunes, 30 de abril de 2012

La logia del río


Fantasmagorías de Buenos Aires
Escribe: Héctor Alvarez Castillo


Hace menos de un año, comentamos de Patricio Abadi la obra “Taller mecánico”http://arteenbaires.blogspot.com.ar/2011/11/taller-mecanico-tragicomedia-de.html. Ahora asistimos al estreno de “La logia del río (Primera parte)”, puesta en escena, para este mes de abril, en solo dos funciones, pero con reales posibilidades de reposición para esta temporada.
El Evocador, maestro de ceremonia, habilitará con su memoria y su discurso la presencia de siete personajes que –ante la expulsión de uno, al estilo Gran Hermano– rápidamente se transforman en seis. Estos ofrecerán sucesivos monólogos, en un clima entre absurdo y disparatado. Seres propios de la urbe que es Buenos Aires, propios de ciudades semejantes. Seres a los que no los une ninguna relación anterior, que acuden a una cita, por una convocatoria extraña y un proyecto velado. Ese proyecto les otorgará, ante la crisis que transitan, la justificación o el sentido de sus vidas.
En esta propuesta, desde la noción de logia y del número siete –que se mantiene con la inclusión del Evocador– junto a otras características, se piensa, necesariamente, en “Los siete locos”, de Roberto Arlt. En la obra de Abadi se habla de notables, seres distintos, con su presente de quebrados. En ellos la realidad y la fantasía conviven. Su dolor, su diferencia, los lleva al margen de la realidad y ahí deben apelar a la creación, de alguna manera, de sí mismos, con los despojos que les han ido quedando.
El maestro de ceremonia los presenta desde la bruma de un pasado que los trae ante nosotros. Se corporizan a través de sus monólogos, pero quedan inconclusos, porque ésa es su naturaleza. Los lazos que trazan entre ellos son meras expresiones de la circunstancia que los reunió. Y a semejanza de Endorsain –que en la obra de Arlt busca enriquecerse con el producto de sus inventos– el Evocador, Ariel Gigena, se muestra ante nosotros, se exhibe, a partir de la manifestación de esas fantasmagorías. Hay distancia entre este anunciador y los notables –como la hay entre el narrador y sus personajes– pero en la convivencia, en el entrecruzamiento de vivencias, la distancia disminuye y la realidad siendo permeable, pervierte por igual a todas las partes, contamina.
Se destacan los monólogos y las actuaciones de Marcelo Frasca, Gombrowicks, del mismo Patricio Abadi, en el papel de Shepard, un cowboy suicida –con la particularidad de que su texto, salvo un parlamento del final, se da en idioma inglés– y, especialmente, de Germán Cunese, el Rey Sol u Hombre No, y de Ariel Gigena, el Evocador.
Bien el sonido y el uso de las posibilidades que da la sala, en el subsuelo de La Clac. Sergio Barattucci, en el papel del Motorman y como director de la obra, cumple satisfactoriamente su doble función.
Una obra distinta que volveremos a ver en Buenos Aires.

Ficha técnica:
LA LOGIA DEL RÍO (PRIMERA PARTE)
Una obra escrita por Patricio Abadi

GANADOR DEL PRIMER PREMIO DE DRAMATURGIA
FONDO NACIONAL DE LAS ARTES
MENCION ESPECIAL
CONCURSO DRAMATURGIA GERMÁN ROZENMACHER (FIBA)

DIRECCIÓN Y PUESTA EN ESCENA: SERGIO BARATTUCCI


Elenco / Personajes:
MARCELO FRASCA - Gombrowicks
ALEX ¨ PEQUE ¨ LANGE - Travesaño
PATRICIO ABADI - Shepard, el cowboy
SERGIO BARATTUCCI - El motorman
ARIEL GIGENA - El evocador
GERMAN ¨ PATÁN ¨ CUNESE - El Rey Sol u Hombre No
HECTOR GILLIGAN - Wallace, el marino
Diseño gráfico: Liz Acosta
Producción ejecutiva: NENA PRODUCCIONES
Las funciones: Domingo 29 y lunes 30 de abril, a las 23 hs.
TEATRO LA CLAC
AV. DE MAYO 1156

viernes, 20 de abril de 2012

La radio ¿Qué hago yo sin vos?

Impecable obra de Roberto Saunier

 Escribe: Héctor Alvarez Castillo

 Por segundo año, en el agradable espacio que es la sala “Brilla Cordelia”, se ha puesto en nuestra ciudad esta obra de Saunier, quien también se ha hecho cargo de la dirección y puesta en escena. “La radio. ¿Qué hago yo sin vos?”, es una obra costumbrista, escrita y actuada con técnicas propias del teatro contemporáneo, que no otorgan sosiego al espectador. Un texto que solicita una infatigable energía encuentra en Eva Adonaylo y en Beatriz Dos Santos a dos actrices capaces de superar con idoneidad la prueba. Dos grandes actuaciones que se complementan a la perfección.


Los objetos se mueven al ritmo de las obsesiones, manifiestas en el diálogo de dos hermanas que recorren, en el presente, el tiempo de sus vidas. El regreso del hermano –un hijo pródigo velado– es la excusa inicial que abre la acción dramática. Las manos de cada una de ellas reviven en las manos de la otra. Los aciertos y errores de Margarita se justifican en los aciertos y errores de Rosario; lo mismo sucede con esta última. Se habitan como ecos, mientras que nosotros somos espectadores de rápidos diálogos, frases breves, movimientos enfermizos, latiguillos, que no dan tregua. Se desperdigan como restos de esas existencias frustradas.

 La radio, que es símbolo de la información y del mundo externo, en una vuelta de tuerca se instala como medio de incomunicación entre Marga y Rosario. La radio se apaga, un almohadón tapa el teléfono. Se reprime y se barre a toda hora. No se escuchan ni las zonceras dichas al oído. Cualquier innovación dispara una crisis. Marga y Rosario, la mayor y la menor, se exhiben como condenadas a ese estado, a esa casa, a ese pasado. Se obstaculizan los puentes hacia el exterior, que son puentes hacia la vida. Cualquier señal es un crash en ese orden cerrado y asfixiante que las mantiene aisladas. Y la compañía de una con la otra, no permite el nacimiento de la intimidad, lo que sólo la soledad, aún en el dolor, alienta. Las hermanas no han crecido en tanto que no se han desarrollado como seres independientes de esa casa que las contiene con todo lo que está dentro. Permanecen ligadas a ese tiempo de la infancia. Dos existencias marchitas antes de florecer. A diferencia de ellas, el hermano partió y no retorna al espacio tutelar de mami y papi. Ellas permanecen fijadas a recuerdos que son anclas en sus vidas, y recuperan a sus padres, presencias constantes, mediante los actos y la palabra.

El humor recorre la obra, aún en el clima opresivo que no encuentra salida ni da respiro. Y a su lado, el chismerío aviva la psicología del rumor y los prejuicios que habitan en ambas. Los reproches con que ellas se lastiman, ocultan la verdad. La palabra es castigada. Cuando un atisbo de rebeldía o la necesidad de afecto, crean la ilusión de una variación en ese itinerario –incluso luego de confesiones que hieren el pasado, establecido e inmaculado– se retorna a esa cotidiana locura, en la que los años van haciendo su trabajo.
 La estructura de la obra está lograda desde la apertura al cierre, desde la presencia simbólica del hermano a esos fantasmas que delata la radio en el diálogo final trasmitido en off. El decorado es simple, a la vez que apropiado
 Bien la música y la iluminación, como el certero uso del recurso de voces en off y la intervención de la radio.

 Ficha técnica:
 Margarita: Eva Adonaylo 
 Rosario: Beatriz Dos Santos
 Dramaturgia: Roberto V. Saunier 
 Diseño y Realización de Escenografía y Dirección de Arte: Laura Sánchez
 Música: Sofía Escardó
 Diseño y Puesta de Luces: Joel V. Sunier Rébori
 Edición y Efectos de Sonido: Alejandro Ojeda
 Voces en off: Débora Binder y Alejandro Ojeda
 Prensa: Laura Castillo
 Asistente de Dirección: Oscar Menalled
 Dirección y puesta en escena: Roberto V. Saunier

 Los sábados, a las 22:30 hs, en Brilla Cordelia Perón 1926, Ciudad Autónoma de Buenos Aires

viernes, 6 de abril de 2012

El cadáver de un recuerdo enterrado vivo

En dirección de Sergio Boris


Escribe: Héctor Alvarez Castillo




Buscamos al autor, y no hay autor; no al menos como se presenta habitualmente. El programa informa lo que ha sucedido. “El cadáver de un recuerdo enterrado vivo” es el proyecto y realización de un grupo de actores hoy egresados del Instituto Universitario Nacional de Arte (IUNA), que trabajó bajo la dirección de Sergio Boris. A comienzos del año 2010, como tesis de graduación, este joven e interesante grupo de artistas se propuso crear una obra en conjunto, y logró llevar a escena, en base a un mundo oficinístico, temas y miedos, vínculos y obsesiones, que nos rozan a todos.
“El cadáver de un recuerdo enterrado vivo” ha logrado importantes distinciones, entre ellas: Mejor espectáculo Iberoamericano (24to. Festival Internacional de Teatro Universitario de Blumenau, Brasil, 2011), y ha sido el Primer elenco extranjero invitado al 11mo. Festival Internacional de Teatro de Belo Horizonte, Brasil. Ahora, en su tercera temporada, se hace presente en una de las salas más emblemáticas de Buenos Aires, en el “Teatro del pueblo, sala dedicada al autor argentino.
Recordemos que éste ha sido el primer teatro independiente de América Latina, creado en 1930, y que tuvo entre algunos de sus entusiastas miembros a Leónidas Barletta –su fundador–, Roberto Arlt, Josefina Goldar y Roberto Mariani.



En “El cadáver de un recuerdo enterrado vivo” coinciden –a semejanza de un nudo en el camino– distintos temas y focos de reflexión. La obra se inicia al cumplirse el sexto mes de la muerte de Silvia, la dueña de la empresa y mujer de Arismundi. El viudo será quien tome las riendas tras esta desaparición, pero sepultando la empresa en la inacción. Lo que podría ser un drama se convierte en un mundo disparatado, con claves esotéricas, manipulación, asfixia, celos. Lo dramático se transfigura en absurdo, con muestras de comicidad. Y hay clima de locura aún en el recogimiento de algunos personajes o en ciertas tentativas por huir de la melancolía. La empresa, la oficina, parece contener las mayores aspiraciones de sus integrantes. Y con la desaparición de Silvia, la actitud de Arismundi –ese no firmar nada, no dejar que nada trascurra– los condena. Arismundi no habilita la acción. Podríamos conjeturar que detiene el tiempo. Habrá escenas de esoterismo, se oficiaran ritos sagrados para ese mundo oficinístico, se perpetuarán los símbolos del agua, la luz, la inmersión que transfigura, los manuscritos de Silvia, su palabra, su sitio visto como se ve un templo. La palabra evocada de la muerta, su presencia final, disparan la histeria general. Silvia los conmueve por dentro; los lleva a la exasperación.
En este clima y desarrollo, presenciamos acertadas reformulaciones del espacio, gracias a pequeños cambios en la disposición de los decorados y la escenografía, acompañado por el constante despliegue escénico de los actores. Y es interesante la especulación que se abre acerca de una maratón. La maratón, símbolo de fidelidad a la empresa y de pertenencia a ese orden, trae aparejado el reconocimiento social entre los compañeros del orden oficinístico. No participar en ella es un gesto transgresor, que no es bien mirado por el resto de los integrantes. También se destaca el reiterado giro humorístico que se produce con las acertadas intervenciones de Pedro, ese humilde muchacho evangélico, venido del Paraguay.



Se me ocurre concebir a “El cadáver de un recuerdo enterrado vivo” como una opera con sus arias, duetos y coros. Cada uno da su monólogo, como si fuera su verdad, y en ese murmullo general se plantean cuestiones profundas sobre una superficie en apariencia banal. Es una propuesta creativa que asume riesgos desde su concepción. Quince actores en escena, donde cada uno de ellos tiene su momento, más allá del rol sobresaliente asignado a algunos de ellos, sobre esa pandemonium humano. También es correcto declarar que cada uno tiene su patología, incluso la muerta, y esas patologías, en ocasiones compartidas, se exhiben dentro de la gran familia que forman.
Los creadores agradecen a H. J. Johannes porque su “Crítica al oficinismo”, según declaran, ha sido su fuente de inspiración.


Elenco:

Silvia: Estefanía Alfieri
Teresa: Luciana Calarota
Tania: Ivana Carapezza
Arismundi: Facundo Cardosi
Huerto: Luciana Cruz
Rita: Eugenia Fernandez Lemos
Betima: Lucila Gomez Vaccaro
Cristina: Mariana Jaime
Mónica: Martié Molina
Marcela: Constanza Rafffaeta
Mabel: María Belén Ribelli
Pedro: César Riveros
Romina: Luciana Serio
Chiqui: Facundo Suárez
Susana: Gema Tocino
Blanca: Cecilia Wierzba / Eugenia Carraro

Vestuario: María Emilia Tambutti
Diseño de Luces y fotografía: Brenda Bianco
Escenografía: Ariel Vaccaro
Asistente de dirección: Adrián Silver
Dirección: Sergio Boris

Sala: Carlos Somigliana

domingo, 1 de abril de 2012

La señorita Julia en versión de Gabriel Molinelli

Escribe: Héctor Alvarez Castillo



Desde el expresionismo, sabemos que August Strindberg (1849-1912) es uno de los fundamentales renovadores del teatro contemporáneo. Abre las puertas e inaugura caminos que recorrerán los principales dramaturgos del siglo XX. La emancipación de la mujer, las relaciones de pareja, las diferencias sociales, son algunos de los nudos esenciales de su teatro. Y en “La señorita Julia” –“Froken Julie”, de 1888– estos temas aparecen reunidos y combinados para gestar un clima de tensión constante.
En la introducción a la obra –que nos recuerda lo que tiempo después serán los prólogos de Bernard ShawStrindberg nos cuenta que esta trágica historia le había llegado años antes. Al inicio de esa introducción, fiel a su estilo crudo, nos dice que considera al “autor dramático un predicador laico, que propaga las ideas de su tiempo en forma popular, tan popular que la clase media, que es la que llena principalmente los teatros, puede comprender sin gran esfuerzo mental lo que en ellos se expone”.

En la obra se hará público lo que se esconde debajo de la alfombra, y las diferencias de clase serán superadas gracias al factor humano que ninguna situación es capaz de limitar al punto de hacerlo desaparecer. De Strindberg, Jesús Pardo ha dicho que: “escribía en una lengua que, bajo muchos aspectos, había sido creada por él, y dijo en ella cosas que antes no se habían dicho nunca en sueco.” En consonancia con esto, podemos agregar que llevó a las tablas a la sociedad de su tiempo como nunca antes había sido llevada y exhibida.



Con seguridad, la lectura que realizamos de esta obra depende de nuestra visión contemporánea sobre la sexualidad, el rol de la mujer, su libertad y emancipación, entre otras cuestiones que pueden derivarse del texto. Pero mucho de esto no fue considerado de tal modo por el creador de este drama con olor a tragedia. Quizá la buena noticia es que “La señorita Julia” resiste, en tanto que se abre al debate contemporáneo, el paso del tiempo, a diferencia de otros textos que han quedado fijados a su circunstancia. Y esta característica del teatro de Strindberg es lo que hace que podamos asistir a una nueva puesta, en el año 2012, y presenciar la lucha de ideas, intereses, la carga de sexualidad y los deseos de ascenso social, que hoy nos presenta Molinelli, como algo que nos incumbe.
Muy buen trabajo de Augusto Britez, en el papel de Juan, dando muestra de una gran energía y variedad de máscaras, ésas que le solicita este texto al único personaje masculino. Juan será quien por experiencia, por inteligencia o por intuición, tendrá la visión de panorama que ni Julia ni Cristina atisban.
A la actriz Laura Sardin le toca desempañarse en el rol de la señorita que da nombre a la obra, y que en la noche de San Juan dejará “su honor”, en un rapto erótico que tiene tanto de dramatismo como de desesperación. Su labor se atiene correctamente a la de Britez, que domina la escena.
Graciela Bonomi toma el papel de Cristina, la cocinera, ese personaje secundario que el mismo Strindberg calificó como: “una esclava, llena de dependencia y de apatía, acumuladas ante el fogón, apuntaladas por la moral y la religión, como capas protectoras y cabezas de turco.” Y es justo señalar que representa a la perfección su papel, interviniendo en los momentos en que debe hacerlo con absoluto convencimiento.



El decorado es ajustado, mínimo, pero dispuesto de tal modo que nos resulta el que necesitamos para que nuestra imaginación –como le agradaría a Strindberg– haga el resto. Añadimos que en esta sala, La tertulia, en el año 2005 habíamos visto la puesta de “Los siete locos”, con adaptación y dirección de Lisandro Vela, y, a semejanza de esta experiencia, la cercanía que la sala ofrece entre actores y público, resultó beneficiosa para la representación. En ese caso, el decorado lucio por su inexistencia, sin que esto conspirara contra la verosimilitud de la acción.



La versión de Gabriel Molinelli es respetuosa del original, con acertados giros e intervenciones humorísticas propias de Buenos Aires. La suficiencia en su trabajo como director y la asistencia de Cristian Alvornos, quedan demostrados ante la producción general de los actores y el conjunto que hace al vestuario, a la escenografía y la música. Marcelo Ferreyra, en este rubro, ha estado a la altura de lo que solicita August Strindberg, cuidando el grado de sugestión.
Las funciones son los domingos, a las 21 horas, en “La tertulia”, Gallo 826, Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Ficha técnica:
Juan: Augusto Britez
Señorita Julia: Laura Sardin
Cristina: Graciela Bonomi
Autor: August Strindberg
Versión: Gabriel Molinelli
Vestuario: Cristina Tabano
Estenografía y diseño de iluminación: Jorge Leiba
Maquillaje y peinado: Silvia Savaglia
Diseño gráfico: Dante Rodríguez
Fotografía: Ana Devanna y Mariana Varela
Prensa: Laura Castillo.
Música original: Marcelo Ferreyra
Asistente de dirección: Cristian M. Alvornos
Dirección General: Gabriel Molinelli