miércoles, 8 de junio de 2011

Querida Elena





Querida Elena es más que una sala de teatro cercana a Parque Lezama. Querida Elena es una antigua casa, con amplios patios y piezas contiguas, ubicada en el porteño barrio de la Boca. En ella cuando se comunica que se dio sala, el espectador va penetrando por un corredor interno –por las noches permanece en penumbras– atravesando una construcción que lo observa desde sus ventanas, desde un primero y segundo piso, por arriba de los seres que marchan en procesión.
Cada uno correra con su cuerpo y manos plantas que caen desde las alturas, y luego pasará por una puerta falsa hasta alcanzar la sala. Ante y entre nosotros se despliega el escenario. Afuera quedan fotos colgadas en las habitaciones, dibujos, ropa exhibida en un dormitorio, esculturas expuestas al aire libre. Ahora va a comenzar la obra.

QUERIDA ELENA
Pi y Margall 1124(mapa)
Capital Federal - Buenos Aires - Argentina
Teléfonos: 4361-5040
Web: http://www.queridaelena.blogspot.com

Almuerzo en la casa de Ludwig W.

“Almuerzo en casa de Ludwig W.”
Una cita con el teatro


Escribe: Héctor Alvarez Castillo



Es probable que ante las obras de Thomas Bernhard (1931-1989), nuestros valores y vivencias entren en crisis. Lo que ocurre en el texto no deja de salpicarnos. No hay invitación a la distracción, nada semejante; lo que está en ellas va directo a la esencia de lo humano. Los destellos de libertad que percibimos, enmarañados con la lucha y la agonía, no ofrecen estancia cómoda, aún en los pasajes en que la comicidad nos lleva a una risa incontenible.

El estilo de Bernhard combina de manera constante el humor negro y la ironía, tanto como la locura, la soledad y el sin sentido de esta existencia. En su teatro esto se expone merced a un mecanismo de gran complejidad dramática, que se nos presenta pergueñado con simpleza magistral. El ser humano aparece como un animal que choca contra sus límites, y su rebelión no es más que un gesto absurdo o un grito ahogado. La alienación, la autodestrucción, son la opción que siempre está a mano.

En “Almuerzo en la casa de Ludwig W.”, las hermanas comienzan a deshilvanar la historia, desde los comentarios sobre la estadía de Ludwig en el nosocomio hasta los avatares familiares que surgen en los diálogos. Los intercambios de palabras en la obra siempre trasmiten frenesí, un páthos. Hasta el silencio mismo, cuando hay tiempo para él, es acuciante. El ritmo despabila. Asistir a una representación de esta obra, seguramente, no es un pasatiempo.

La excusa, o la fuerza que construye la acción, es el regreso de Ludwig a la casa paterna, habitada por sus dos hermanas. Él está allí desde la noche anterior, y nosotros asistimos al momento en que se prepara el primer almuerzo. Los hermanos se reunirán alrededor de la mesa tutelar, en una ubicación que tendrá resonancias en la memoria de cada uno de ellos.
El clima intenso y asfixiante manifiesto en cualquier rutina –poner una mesa, servir la comida– transforma a ésta en un ritual, nos introduce en las formas de una religión familiar, donde los símbolos se manifiestan rotundamente. Sólo el orden maníaco de la hermana mayor –síntoma de expiación–, es una defensa ante el ímpetu de Ludwig y lo familiar, que avasalla la posibilidad de un presente sano. Los personajes habitan en la endogamia, coexistiendo con ellos una competividad que es otra ancla hacia el pasado. El trabajo sobre el lenguaje penetra en las capas de la realidad de modo obsesivo.




Ludwig es eje del discurso, ausente o presente dispara la acción. Y aquí tenemos la destacada actuación de Galo Ontivero, que es capaz de imprimirle al personaje la energía que éste solicita en la mayoría de los pasajes, así como la apatía que no deja de acompañarlo. El papel de sus hermanas no es meramente formal, sino que sobre ellas también se recuesta el peso de lo familiar, ese mandato feroz que las ata vitalmente. Puede vérselas como satélites de ese hermano que retorna, pero todo gira alrededor de ese fatum familiar.
Natalia Fernández Acquier despliega suficiencia en el rol de la hermana mayor, desde la postura física, la voz, sus incursiones dentro y fuera del sitio donde se plasma lo esencial de la historia. Fernández Acquier siempre está participando. Siempre está ahí.
El papel de la hermana menor –dentro del triángulo establecido–, es el que muestra mayor contraste con la personalidad de Ludwig, quien goza de una inteligencia brillante. Ahí encontramos a Tatiana Santana, que da la impresión de no acabar de delinear el personaje, un personaje volátil, pero no fácil de interpretar.
Debemos agregar que la música, y en una obra con constantes referencias a ella, es incindentalmente correcta, gracias a la buena labor de su creador e intérprete: Gabriel Cichero.

El teatro representa la realidad del teatro, la otra es una excusa. De otro modo se escribirían ensayos y biografías donde encontramos novelas y dramaturgia. Panfletos y no poemas, donde leemos poesía. Si en esta obra para el autor están presentes momentos de la vida del filósofo Ludwig Wittgenstein –recordemos su amistad con uno de su sobrinos–, o al menos el fantasma de éste, a mi juicio este dato o fuente son prescindibles. No es necesario saber sobre esto cuando se está ante el texto y su puesta escénica. Agrega algo, un disfrute marginal. Pero “Almuerzo en casa de Ludwig W.” está más allá de eso, es un almuerzo en familia, con todos sus integrantes, con los que están tanto como los que partieron, esos que permanecen simbólicamente, con fuerza bestial, arrasando el presente. Es un almuerzo con sus padres, la sirvienta, el doctor, las vacaciones, con la abuela, con nosotros mismos. Porque también nos han invitado.
En esta línea de análisis podemos interrogar qué tanto busca el autor realizar una crítica o cuestionamiento hacia las artes en general y la filosofía, hacia los intérpretes o los creadores. O si esas menciones al fin no son más que manifestaciones de lo humano, todas ellas condenadas al desastre. Eso está ahí, cada uno discutirá o avalará la ocurrencia en su momento. Coincidirá con la voz de los protagonistas de este almuerzo familiar o no, se identificará o romperá lanzas con lo explícito e implícito del discurso. Lo que no podrá es permanecer ajeno. Bernhard si no nos hace más inteligentes, al menos nos fustiga en ese sentido.

Esta puesta de Carlos Peláez, secundado por Valeria Pierabella, es una excelente posibilidad de ver teatro en base a buenas actuaciones y a un texto literario y dramático que alientan a salir de nuestras casas tras lo que no abunda. La dirección es la de alguien que ha sabido captar las posibilidades expresivas de la obra.


Héctor Alvarez Castillo
Buenos Aires, junio de 2011


Ficha técnico artística

Autoría: Thomas Bernhard
Actuan: Natalia Fernandez Acquier, Galo Ontivero, Tatiana Santana
Diseño de vestuario: Ana Nieves Ventura
Diseño de escenografía: Eduardo Spindola
Diseño de luces: Eduardo Spindola
Diseño sonoro: Gabriel Cichero
Música original: Gabriel Cichero
Asistencia de dirección: Valeria Pierabella
Prensa: Claudia Mac Auliffe
Dirección: Carlos Peláez

QUERIDA ELENA
Pi y Margall 1124 (mapa)
Capital Federal - Buenos Aires - Argentina
Reservas: 4863-2848
Web: http://www.queridaelena.blogspot.com